Una Visión Histórica de la Cirugía en México

María Blanca Ramos de Viesca

UNAM, Facultad de Medicina, Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina.
Ciudad de México, México

Carlos Viesca Treviño

UNAM, Facultad de Medicina, Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina.
Ciudad de México, México.

 

La cirugía, rama fundamental de la medicina que responde claramente al significado del término griego compuesto de χειρóς (cheiros)—mano y ἒργον (ergon)—trabajo, es prácticamente tan antigua como la humanidad. Restos humanos muy antiguos presentan huellas de intervenciones quirúrgicas. Un esqueleto encontrado en una cueva del Monte Zagros, Iraq, al que se atribuye una antigüedad de aproximadamente 40,000 años, tiene el brazo derecho amputado. Si la amputación fue obra de un accidente o se debió a acciones médicas intentando la curación sacrificando un miembro dañado e irrecuperable, no se sabe. Lo que se puede suponer con visos de certeza es que, desde épocas remotas, tal vez el paleolítico, también en el territorio que es hoy en día México se realizaron reducción de luxaciones y fracturas, drenaje de abscesos y hematomas, extracción de cuerpos extraños, sobre todo “proyectiles, medidas para cohibir hemorragias y manejo de heridas y lesiones cutáneas” (Rogers)1. Para culturas antiguas más avanzadas, pensaríamos neolíticas, se documentan ya otros tipos de cirugías más complejas como trepanaciones, amputación de brazos y piernas.

La cirugía en México prehispánico

En las culturas más antiguas del México prehispánico han sido documentadas actividades quirúrgicas a través de diversos medios. Restos humanos con huellas de intervenciones no son muchos y datan en su mayor parte del Clásico tardío y el postclásico, pero todo indica que había una tradición que venía de muchos siglos atrás. En los murales teotihuacanos, por ejemplo, el del paraíso de Tláloc en Tepantitla, están representadas figuras que llevan a cabo actividades quirúrgicas.

Existen pruebas fehacientes de la práctica de trepanación. Se han encontrado cráneos trepanados en muchas partes del mundo, con antigüedades que se remontan 12,000 años, es decir al Mesolítico. A esta época pertenecen los encontrados en la cuenca del río Dnieper, con orificios ovales. En México los hay en entierros mayas, teotihuacanos, toltecas, mexicas, aunque la mayor parte de ellos procede de las culturas de Oaxaca. Buena parte de ellos tiene varios orificios de trepanación y muestran evidencias de crecimiento óseo en sus bordes, es decir, de sobrevivencia, aunque los dos que refiere Serrano, ambos pertenecientes al período Aldeano, preclásico de acuerdo con otras periodizaciones, murieron antes de que hubiera datos de regeneración ósea.2,3,4

Debe hacerse notar que en México prehispánico la cirugía no se limitó a las trepanaciones, sino que tuvo un desarrollo importante. Los textos del siglo XVI, redactados por médicos indígenas directamente o transcritos por los cronistas españoles, describen intervenciones complejas. Un ejemplo impactante es lo que refieren los médicos indígenas que dieron a fray Bernardino de Sahagún los materiales para redactar los capítulos referentes a las enfermedades y sus tratamientos que incluyó en los Códices Matritenses y Florentino y en su Historia General de las cosas de la Nueva España. El tratamiento de la pseudoartrosis del  fémur “el hueso largo de la pierna”, en el que claramente se expresa que cuando el hueso fracturado, cuya fractura se ha reducido e inmovilizado adecuadamente, pasado el tiempo en que debió consolidar, no queda firme sino se dobla, deberá abrirse, romper nuevamente lo semisoldado, raspar el callo e introducir por el canal que se ve en el centro del hueso un palo de ocote preparado con miel, ajustado al ancho de ese canal intramedular e introducirlo en el canal del otro segmento del hueso y unir ambos.5 En Caltona, Puebla, se ha encontrado un fémur con su con óseo consolidado y una vara de ocote en su interior; se ha fechado en el posclásico, entre los siglos X y XIII. Estas son la descripción y la evidencia de la colocación de un clavo intramedular, hecha cuatrocientos años antes de que se planteara esta posibilidad en el mundo occidental, lo cual sucedió hasta la Segunda Guerra Mundial.

La otra intervención descrita en detalle es la reposición de la pirámide nasal, lesión frecuente en combate debido al uso de macanas con cuchillas de pedernal sumamente afiladas y a que los cascos utilizados por los guerreros dejaban descubierto el rostro. En estos casos el Códice Florentino indica que, si se dispone de la nariz cercenada, se debe restablecer en su sitio suturándola mediante puntos separados muy cercanos el uno al otro, empleando para ello espinas muy delgadas de maguey con el hilo que queda colgando de ellas al separarlas de la planta. También se señala que, en caso de que la nariz reimplantada se pusiera negra, es decir se gangrenara, se debía retirar y hacer una nariz postiza, de lo cual lamentablemente no nos ha llegado ninguna descripción de cómo se hacía. Estos procedimientos implican necesariamente el uso de anestesia, de la cual no se ha encontrado hasta la fecha documentación que describa qué y cómo se lograba.5 La sutura de heridas se llevaba a cabo mediante las mismas espinas de maguey.

En el libellus de medicinaliubis indorum herbis, conocido como Códice de la Cruz Badiano, aun cuando se trata de un texto sobre las plantas medicinales de los indígenas, se hace mención de varios tratamientos quirúrgicos. Las “carnosidades en los ojos”, que no son otra cosa que los pterigiones, erróneamente denominados glaucoma en el libellus, eran tratadas cortando la telilla que los forma y enrollándola poco a poco sobre la espina de maguey y raspando suavemente el sitio del cual se le iba despegando.6

Algunos datos curiosos, como son la punción con huesos de águila o puma en las articulaciones, han atraído la atención de algunos historiadores de la medicina al encontrar semejanzas con los sistemas de acupuntura. Sin embargo, aunque es evidente que se trata de trasmitir mágicamente las propiedades de las articulaciones de estos animales, la punción se hace en sitios próximos a la lesión y no sobre puntos distantes en que la acción sería explicada por conexiones de carácter funcional.6

La cirugía en la Nueva España

A su arribo, los conquistadores españoles traían consigo algunos cirujanos que pertenecían al modelo profesional europeo, es decir no eran médicos titulados, sino ejercían su oficio como barberos cirujanos y solamente tenían formación empírica. A este tipo de profesional pertenecía Juan Catalán, de quien relata Bernal Díaz del Castillo cómo curaba a los soldados heridos durante la Conquista, Diego Pedraza que vino con Hernán Cortés y trató a este de una fractura del antebrazo durante su expedición a las Hibueras, la actual Honduras, dejándolo prácticamente inutilizado. También puede citarse a Juan de Amézquita, cirujano de Pánfilo de Narváez, a quien atendió cuando sufrió el estallamiento de un ojo al ser atacado por las tropas de Cortés, y luego se caracterizó como reporta Bernal Díaz del Castillo, por “que curaba malas heridas y se igualaba por la cura a excesivos precios.”  Poco después, en 1531, Alonso Guisado, otro picaresco personaje, pidió que se le permitiera ejercer sin haberse titulado nunca dado que tenía quince años de práctica, ni demostrado estudio alguno, lo cual le fue autorizado. De otra categoría era Diego de Ojeda, médico ya de prestigio en Sevilla que viene a México en 1521 y es quien atiende a Cuauhtémoc de las quemaduras en pies y manos que le infligieron en su tormento.7,8,9

Sin embargo, había médicos bien preparados siguiendo una tradición española, heredada de los árabes, según dicha herencia, los médicos sí podían practicar la cirugía, lo cual, si bien no era general, permitió la presencia de algunas figuras destacadas.,uno de ellos fue Cristóbal Méndez, quien reportó la autopsia de un niño, realizada por él, en quien encontró un gran cálculo que ocupaba prácticamente toda la vejiga y fue causa de su muerte.10

Los aspectos quirúrgicos de la medicina de tradición galeno-hipocrática que llegó a México con los conquistadores españoles deben ser tomados en cuenta, ya que representan lo que se llevaba a cabo aquí durante los tres siglos que duró el régimen colonial. Siendo la teoría general de la enfermedad de carácter fisiopatológico, en la cual las lesiones orgánicas eran consideradas como secundarias o modificaciones, acumulaciones o pérdida de los humores, la cirugía quedaba limitada a procedimientos correctivos de traumatismos y heridas y a la evacuación de los humores estancados. El manejo de heridas y úlceras, fracturas y luxaciones era la excepción, ya que era evidente la necesidad de su manejo.

No es de extrañar que las primeras obras médicas publicadas a raíz de la experiencia novohispana trataran básicamente de temas quirúrgicos. La primera de ellas es Secretos de Chirugía de Pedrarias de Benavides, publicada en Valladolid, a poco de su regreso a España, en 1567. En ella Benavides aborda principalmente el tratamiento de la sífilis, enfermedad que por las graves lesiones cutáneas que producía era objeto de curaciones, lo que cae dentro del manejo quirúrgico.11 En el libro de Pedro Arias de Benavides se encuentran al lado de las indicaciones y recetas para tratar las lesiones sifilíticas externas, no faltan algunos capítulos en los que se abordan otros problemas quirúrgicos. Un tema abordado es el de la mirrarchia, enfermedad causada por humores flegmáticos y melancólicos que procedentes del intestino se acumulaban en el mirraque y de allí corrían a otros órganos y al cerebro. A las sangrías, Benavides sumaba la práctica de siete cauterizaciones circulares que no penetren a la cavidad peritoneal, tres hacia el hígado, debajo de las costillas, dos, alrededor del ombligo y dos del lado del bazo.11 Habla del tratamiento de las fístulas vesicales, para lo que recomienda introducir a la vejiga un fierrecillo de plata con una bombilla hueca en su interior y dejarlo para que la orina salga por ella hasta que cicatricen las fístulas, las cuales deben cerrarse con hilas y ponerse encima de ellas unas planchitas de cera que a su vez se fijan apretándolas con una laminilla de plomo.11 De las heridas del cráneo señala que todas son sumamente peligrosas, en especial las penetrantes, que deben tratarse cuidando las meninges y el cerebro y aplicando ungüentos y pomadas, una vez hecha la hemostasia. Relata el caso de un muchacho de trece años, inconsciente a causa de un traumatismo craneoencefálico que provocó fractura conminuta en la bóveda craneal con hemorragia profusa y protrusión de tejido cerebral. Limpiando y poniendo hemolientes locales primero, procedió a extraer los coágulos y fragmentos de hueso y afirma haber extraído un pequeño fragmento de tejido cerebral, con el resultado final de curación del paciente, sin que se nos diga si tuvo secuelas.12 En cambio, las heridas de la tráquea deben ser suturadas con puntos a la brevedad posible, por lo que el diagnóstico de salida de aire por el orificio del cuello lo considera un dato fundamental. En las heridas de las manos recomienda unir con puntos los nervios seccionados, señalando la conveniencia de dejar los nudos a la vista por si es necesario cortar alguno e incluso dejar una lazada para poderlo aflojar, dato que habla de experiencia personal.12

Un médico universitario de abolengo, Francisco Bravo de Osuna, es el autor del primer  libro médico publicado en el Continente Americano,  Opera medicinalia, en el cual integró un tratado sobre la sangría analiza con detalle si debe practicarse cerca, o al menos del lado donde se localiza la enfermedad, en particular habla de la pleuresía, como aconsejaban los textos de tradición hipocrática o si se debiera practicar de manera contralateral y distante, de acuerdo a lo que prescribían los árabes, actuando por revulsión de los humores patógenos.13 Esto fue importante en su momento, puesto que desde tres décadas atrás se había establecido una polémica en la cual intervinieron varias figuras importantes de la cirugía renacentista, entre ellos Pierre Brissaud, Andreas Vesalio y Nicolás Monardes, siendo Bravo un eslabón en la discusión y una influencia decisiva a lo que se haría en Nueva España durante el siglo siguiente.14

El libro Suma y recopilación de chirurgía con un arte de sangrar muy útil y provechoso, de Alonso López de Hinojosos, es la primera obra en su género publicada en México, lo cual sucedió en 1578. Alonso López, cirujano formado en España de manera teórico–práctica, pero sin aprender latín y por ello, sin tener acceso a las obras clásicas, excepto por medio de sus traducciones, es un excelente representante de lo que se sabía sobre cirugía en ese tiempo y siguiendo una fuerte intuición es también un importante innovador.15 Esta obra, escrita por un cirujano que contaba en su haber una gran experiencia, está dividida en siete tratados, siendo el primero de ellos el referente a la anatomía, pues los cirujanos novohispanos que no sabían latín no contaban con ninguna fuente de información fidedigna. No es de extrañar que apenas trate de los órganos internos, los cuales no eran accesibles entonces a acciones quirúrgicas, si no era para tratar heridas. El segundo, en plena consonancia con la teoría humoral, trata de la sangría, de la aplicación de sanguijuelas y de ventosas. En el tercero, que es el más extenso, habla de las colecciones de humores, entre las que engloba desde los abscesos, al ántrax, las gangrenas a los abscesos hepáticos y los bocios, siendo en la segunda obra del mismo título que publicaría en 1595, el primer autor en el Continente Americano en describir y recomendar la extirpación del tiroides de manera intracapsular, tras haberlo cauterizado y lograr una licuefacción razonable del tejido tiroideo16,17 (López, 1595, fo.39v;Viesca, 2013). Al tratar los abscesos de las mamas, indica que en caso de que se endurezcan y se vuelvan crónicos, se deben colocar dos cauterios cruzados, de manera que permitan escurrir humores por ellos y que esta sería la única opción para evitar la mastectomía.15 Los oros tratados versan sobre el manejo de las lesiones sifilíticas, la gota, las heridas, de las fracturas y de la pestilencia, nombre que da a la epidemia de cocoliztli de 1576, que al parecer se trató de una fiebre hemorrágica por hanta o arena virus18. Un hecho relevante es su indicación de abrir con trépanos en cruz cuando se tiene sospecha de fractura del cráneo, nunca llegando más allá de la aponeurosis, excepto para extraer la sangre extravasada. Si hubiera herniación “de los sesos”, bajarlos por medio de una tienta de paño y poner un tafetán sobre la lesión, quitar lo superfluo y juntar, cosiendo si fuese necesario las partes lesionadas, poniendo los puntos del centro de la herida a la periferia, cuidando de no dejar ningún nervio apretado por ellos, la hemostasia, llegando hasta la cauterización le resulta imprescindible.15

Un año después de la Suma y recopilación sale de prensas la segunda obra sobre cirugía publicada en México, es el Tractado breve de chirurgía, de Agustín Farfán, médico que había seguido cursos en Alcalá de Henares y graduado en la Universidad de Sevilla y quien tomara el hábito agustino al enviudar poco tiempo antes de la publicación de su libro.19 En sus seis tratados aborda los mismos temas que son expuestos por Alonso López, A saber la Anatomía, los apostemas o abscesos, los tumores, las llagas y heridas, las úlceras y las bubas y en el último un breve vistazo a los grandes temas de medicina, que serán mucho más ampliamente tratados en sus ediciones posteriores. Farfán sabe mucha más teoría médica que su predecesor, pero es menos aventurado en cuanto a los tratamientos quirúrgicos. Ni por asomo recomienda extirpar un bocio y aún en las hernias recomienda no operarlas más que en casos de extrema necesidad.20

No está de más señalar que en lo tocante a la reducción de luxaciones y fracturas, López de Hinojosos, Farfán y más tarde Juan de Barrios, siguen lo expuesto en los dos grandes tratados hipocráticos plenamente quirúrgicos que son Sobre las articulaciones y Sobre las fracturas,21 los cuales ilustran bien el saber y el saber hacer, que en este terreno deberían reunir los cirujanos. Las técnicas hipocráticas para reducir las luxaciones del codo y el hombro, empleando el respaldo de una silla, las de la cadera colocando el médico su pie en la ingle del paciente y girando el miembro pélvico de este, siguen siendo prácticos. El empleo de la tabla tallada, en la que la axila del enfermo se fija en una viga y su propio peso de un lado y el del cirujano del otro permiten reducir una luxación de hombro o reducir una fractura de húmero, proceden de estos mismos autores hipocráticos, muy posiblemente de Hipócrates mismo.22

La práctica más habitual era la sangría, cuya lógica era que, si había exceso de humores y los humores se distribuyen en el organismo por medio del torrente sanguíneo, extraer sangre hace salir en mayor proporción el humor que está en más cantidad. La sangría cura, la hemorragia mata, decía un texto hipocrático advirtiendo que el abuso de la sangría representaba un peligro, exceso que, en diferentes momentos, en los siglos XVI, XVIII y XIX, se haría evidente.

Del último autor quirúrgico, cierto es de gran importancia, en los últimos años del siglo XVI y principios del XVII es Juan de Barrios. Formado en la tradición española renacentista según la cual los médicos graduados en las universidades, en especial Alcalá de Henares, recibían una buena formación quirúrgica, sabiéndose que practicaba la cirugía y era diestro en disecciones.23. Llegado a la Nueva España entre 1589 y 1590, practica su profesión y mucho de su experiencia, sumado al acervo de conocimientos que traía de España, marca el contenido de las páginas de su Verdadera Medicina, Astrología y Cirugía que publicó en México en 1607. Un brevísimo tratado de anatomía da inicio a la obra, para ocuparse luego de las heridas de la cabeza, de los nervios, del pecho y del vientre. En la segunda parte de la obra tratará de complexiones y astrología en general para abordar las enfermedades de las diversas partes del cuerpo y en la tercera aspectos especiales de las enfermedades de la matriz:las de los niños y algunas precisiones sobre cómo quitar las cicatrices o las verrugas, por ejemplo. Toda la obra contiene datos sobre manejo médico y quirúrgico de las enfermedades. Algunos ejemplos dan idea del quehacer de Barrios. Al tratar de las heridas de la cabeza refiere un caso manejado por él en el cual, existiendo una muy pequeña herida, habiendo decidido abrir, encontró una fractura conminuta de la bóveda craneana, identificando siete fragmentos de hueso de los que sacó los que quedaban sueltos;24 páginas después expresa que siempre que esté el cráneo quebrado debe abrirse y sacar las esquirlas de hueso.24 Evocando la autoridad de Avicena y Guy de Chauliac, recomienda suturar las heridas de los intestinos gruesos y del fondo del estómago, en especial cuando “la herida es grande y lo cortado no es poco”, señalando que lo mejor es hacerlo con pergamino cortado en una correa delgada, remojada y dejando los cabos por fuera a fin de tirar de ellos y sacarla a los ocho días.24 Es de llamar la atención que la mayor parte de los capítulos finales de la obra se refieren a prácticas de cirugía cosmética, antecedente directo de la cirugía plástica estética de nuestros días y la cual habla de la tónica de belleza imperante en la alta sociedad novohispana de inicios del siglo XVII.

En un texto de divulgación del conocimiento médico, Tesoro de Medicina, escrito por un personaje peculiar, Gregorio López, de quien se ha afirmado ser hijo de Felipe II, reunió una gran cantidad de observaciones hechas en su mayor parte en el Hospital de Oaxtepec, en donde pasó buen tiempo recuperándose de una grave enfermedad. La mayor parte de ellas se refieren al empleo de las plantas medicinales y de los compuestos en boga en ese tiempo, pero también son descritos algunos procedimientos relacionados con la cirugía, en su inmensa mayoría limitados a curaciones tópicas con compuestos de muy diversos géneros25 (Viesca, 2011:232-239). Algo que resulta extraordinario es la descripción del empleo de anestesia general, lo que llama la atención dado que el descubrimiento de esta posibilidad en la medicina moderna data de 1846 y el Tesoro de medicina, aunque publicado en 1672, fue redactado alrededor de 1580. La cita textual dice así: Razón y sentidos suspensos por tres horas. Suelen usar los médicos de este arbitrio, cuando han de cortar o cauterizar algún hueso o miembro. Para lo cual es muy buena la mandrágora, bebida una dracma o comida en cualquier vianda.26,27,28Este es un dato de peculiar importancia, pues es bien sabido que los cirujanos árabes emplearon una esponja embebida de varias sustancias que podían dormir a quienes se les diera y goteaban su contenido en la boca de pacientes a quienes operaban y la afirmación de Gregorio López nos hace saber que los cirujanos españoles, por añadidura los novohispanos, seguían utilizando variantes de ese método que era desconocido en el resto de Europa.

La cátedra de Anatomías y Cirugía

En 1621, la Real y Pontificia Universidad de México determinó abrir una cátedra específicamente destinada a enseñar anatomía y cirugía. En ella se podría admitir cirujanos romancistas, es decir, que no podían leer ni hablar latín, y deberían cursarla los estudiantes de medicina. El primer profesor de ella fue Cristóbal de Hidalgo y Vendaval, quien la obtuvo por medio de un concurso de oposición y dictó cátedra durante 31 años y a quien correspondió hacer las modificaciones necesarias para cumplir con los nuevos estatutos para las cátedras establecidos por Juan de Palafox en 1645, en las que se establecía la obligatoriedad de la asistencia de los alumnos a disecciones anatómicas. Entre los profesores que la ocuparon destacan Juan de Torres Moreno, de 1652 a 1665, a quien se debe la consolidación de la cátedra y Diego Osorio y Peralta, que la ocupó de 1667 a 1672 y más tarde, ya como profesor de Prima de Medicina, publicó un libro que sirvió de texto tanto a los médicos como a los cirujanos latinistas y a los romancistas. Este libro que lleva por título Principia Medicinae, Epítome et totius Humai Corporis Fabrica, publicado en 1685. Esta obra tiene el interés de ofrecer un resumen mínimo de la anatomía, tanto en castellano como en latín, así como una traducción latina y glosa de los Aforismos de Hipócrates.29

Otros profesores que destacaron son José Salmerón de Castro, autor de un libro sobre los cometas y su influencia sobre la salud, Marcos Joseph Salgado, introductor del conocimiento de la circulación de la sangre en el medio médico mexicano y autor más tarde de un importante libro de texto para los médicos, el Cursus medicus mexicano, editado en 1727, ya hacia finales del siglo XVIII, de 1777 a 1789, José Ignacio García Jove y, de 1816 a 1823 Manuel de Jesús Febles, promotor de la unión de la medicina y la cirugía y figura capital en la organización de la políticas sanitarias en la década siguiente.28

En 1712 sale de prensas un libro muy particular, el Florilegio medicinal de todas las enfermedades de Juan de Esteyneffer. Este no era médico. Sacerdote jesuita implicado en la evangelización de las provincias del noroeste de México, de la Sierra Gorda a las Californias. Consideraba al igual que sus compañeros en las misiones que era importante cuidar de la salud del cuerpo de sus nuevos feligreses y es de allí de donde surge la idea de difusión de conocimiento médico utilizado por legos y la redacción de este texto. El libro tuvo muy buena acogida y fue difundido en todas las misiones jesuitas, incluidas las de los Andes y el Paraguay, y se siguió utilizando hasta bien entrado el siglo XIX en zonas alejadas de los centros urbanos.30,31 La segunda parte trata de la cirugía,30 en realidad cirugía menor, ya que señala que para la “alta cirugía” es mejor llamar a un cirujano”. Esto lo hace más claro cuando al tratar de los cánceres, afirma que solo algunos son curados por la acción de cirujanos experimentados, pero también advierte que es frecuente que “corre riesgo de ocupar otra parte del cuerpo” por lo que recomienda no se trate de curar, sino solo de paliar con los ungüentos y remedios que describe, si no se le diagnostica tempranamente.30 Todo un capítulo es dedicado a describir las distintas maneras de drenar abscesos, insistiendo en cuándo deben de usarse cáusticos o cauterios al rojo vivo y cuándo deberían abrirse sin esperar a que “maduren” y se produzca pus, en particular “cuando se infiere que es de materia ponzoñosa”, cuando están cerca de órganos principales, de nervios o arterias, o en la proximidad de articulaciones.30 En términos generales, la cirugía que se pedía a estos misioneros sanadores era sumamente limitada, aunque en el caso de heridas penetrantes de vientre sí insiste en que se deben suturar si no hay lesión de intestinos, que se deben regresar estos al interior sacudiendo el cuerpo y colocando los pies en alto, mención temprana de lo que será siglo y medio después la posición de Trendelemburg, y para suturar heridas intestinales reproduce punto por punto lo que escribiera López de Hinojosos siglo y cuarto atrás.30 No deja de llamar la atención que dedique un capítulo a las cornadas.

El tipo de procedimientos quirúrgicos que se llevaban a cabo eran, además de las sangrías y el manejo de heridas, fracturas y luxaciones, se limitaba a la curación de úlceras y “llagas crónicas”, evacuación de abscesos y poco a poco se fue haciendo de uso más común el tratamiento de las hernias, ya no cauterizando.  Por lo que concierne a las cesáreas, intervención que se comenzó hacia antes del siglo XVI, sino tratando de reducirlas y suturar, con el famoso punto áureo en la base del saco, que introdujera Ambroise Paré.

Con respecto a la operación cesárea, se comenzó a llevar a cabo en Nueva España en la segunda mitad del siglo XVIII, en México prehispánico no se dispone de datos acerca de ellas, pero se han documentado ya en tiempos de la Colonia dos hechos que entrañan gran interés. Existen referencias procedentes del siglo XVIII de que en las zonas de tierra caliente de lo que es actualmente el Estado de Guerrero, se practicaba esta operación en vida de la madre y se suturaba la herida uniendo sus bordes y poniendo en ellos hormigas de las que en esos lugares llaman arrieras, que son rojas, grandes y tienen una fuerte mordida, irritándolas para hacer que mordieran y en ese momento retorcían su cuerpo arrancando la cabeza, la cual quedaba prendida allí como su fuera una grapa. Dicha práctica había sido al parecer introducida allí por esclavos de origen africano que poblaron esas regiones a partir del siglo XVI. Esta posibilidad se hace plausible, ya que se ha documentado esta forma de proceder en tribus africanas que viven en las costas del Golfo de Guinea, de donde procedían la mayor parte de los esclavos que llegaron a la Nueva España.32 El segundo hecho que data del último tercio del siglo XVIII, fue lo que estableció en 1772 el virrey Antonio María de Bucareli en la Nueva España al publicar el 21 de noviembre un bando señalando que, en casos de muerte de la madre, se debía realizar la cesárea para salvar la vida o al menos bautizar al niño. El 4 de diciembre, el arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta hizo público un edicto por el cual ordenaba que todos los curas y vicarios de su jurisdicción debían prevenir a un cirujano para que inmediatamente tras la muerte de la madre practicara la intervención.33 Se posee un documento de 1779 proveniente de Santa Clara, en la Alta California, hecho público en la Gaceta de México, en el que se relata la que fue quizá la primera cesárea de este tipo realizada en México y en el Continente Americano, ya como una intervención reconocida y legitimada por la medicina oficial. Quienes la hicieron fueron dos frailes. En 1787, José Ignacio García Jove, en su calidad de protomédico, ampliaba la obligación de bautizar a “los párvulos, producto de abortos, teniéndose el cuidado de que el agua bautismal caiga sobre la criatura o la masa carnosa llamada mola en casos tempranos y no sobre las membranas que les cubren.34

El Real Colegio de Cirugía

Un acontecimiento que marca el inicio de una época en la cirugía mexicana es la fundación del Real Colegio de Cirugía en 1768. Sus antecedentes directos eran los Reales Colegios de Cirugía de Cádiz y Barcelona, remontándose el origen del primero de ellos a 1748, cuando Pedro Virgili hiciera notar a Fernando VI, Rey de España, que “si el Cirujano no está ilustrado en uno y otro arte (los de la Medicina y la Cirugía resulta que, en vez de ayudar a la naturaleza para salir de su aflicción, contribuye a ayudar a la enfermedad que lo aniquila…”. En 1760 inicia sus labores el Real Colegio de Barcelona, también bajo la dirección de Virgili y en 1763 se iniciaron en México los trámites para establecer una cátedra de anatomía en el Hospital Real de Naturales. Los cursos dirigidos a cirujanos, fueron iniciados por Domingo Russi, aunque oficialmente se autorizó ya no solo la cátedra sino un Real Colegio de Cirugía. Fueron nombrados como cirujano Andrés Montaner y Virgili, sobrino del creador de los colegios, y como disector Manuel Antonio Moreno, quienes llegaron a México en abril de 1769. Tras varias peripecias y enfrentamientos con Russi y las autoridades novohispanas, dieron lugar a la enseñanza práctica de anatomía, mediante disecciones en cadáver, durante los meses de menor calor y de fisiología en el verano.

Esto fue el origen de una tradición discordante en sus inicios con la figura de los egresados de la Facultad de Medicina, pero que redundó en la formación de un núcleo de cirujanos con formación integral, pues más tarde tomarían también cursos médicos, que actuaron no solo en cubrir con gente bien formada las plazas de cirujano del ejército y la armada en la Nueva España, sino también en el cambio radical hacia la cirugía moderna en las primeras décadas del siglo XIX.33,35,36

A Manuel Antonio Moreno, ya para entonces director del Real Colegio de Cirugía, se debe el libro, Obstrucciones inflamatorias del hígado, publicado en 1794 en el cual consignaba su experiencia en los abscesos hepáticos. Figura importante fue también Antonio Serrano, quien llegó a México como cirujano de la Real Armada, dirigió el Real Colegio de 1803 a 1827 e influyó en la transición educativa que llevó a que se unieran la medicina y la cirugía y a que, finalmente, en el novedoso Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833 se estableciera la carrera con la figura de Médico Cirujano. Una figura trascendente fue Miguel Muñoz. Joven cirujano tomó a su cargo el mantenimiento y propagación de la vacuna antivariolosa en el país a la partida de Balmis. Hábil cirujano, fue él quien trató a Antonio López de Santa Ana y diseñó su prótesis después de que le fuera amputada una pierna, ideó procedimientos de cirugía oftálmica y para la atención obstétrica, pero, sobre todo, su influencia fue determinante en el proceso de unión de la medicina y la cirugía, y de que se les agregara el estudio serio de la botánica médica.

Graduados como médicos y cirujanos fueron algunos de los docentes en la nueva institución que reemplazó a la vieja Facultad de Medicina de la ya para entonces Nacional y Pontificia Universidad. Ellos fueron Casimiro Liceaga, director del Establecimiento hasta 1847; José María Benítez, subdirector con experiencia docente tanto en medicina como en anatomía y cirugía, Salvador Rendón, profesor de anatomía y disecciones, Manuel Carpio, cirujano latino que había fundado la primera Academia Médico–quirúrgica en Puebla y fue el primer profesor de fisiología, Pedro Escobedo, también cirujano latino, había sido el primer catedrático de operaciones en 1826 y también cirujanos latinos y médicos fueron Ignacio Erazo, Ignacio Torres Isidoro Olvera, Pedro del Villar  y Agustín Arellano35 (Ramírez, 189 y ss.). La unión de la cirugía con la medicina fue un hecho y dio el sello de modernidad a la formación de médicos en el México independiente. Debe señalarse también que, desde ese momento, las escuelas y facultades de Medicina situadas en los diferentes estados de la República incluyen en sus programas y planes de estudio cursos de cirugía en cadáveres y en animales, y en los últimos años algunas de ellas han incorporado la realidad virtual.

Las innovaciones no se dejaron esperar. En un escrito programático, Casimiro Liceaga, director del Establecimiento de Ciencias Médicas, analizaba en 1837 las diferentes escuelas médicas que imperaban entonces en el mundo occidental y declaraba la afinidad de los médicos mexicanos con la escuela francesa, lo que reforzaba un par de años después Manuel Carpio al definir el estado actual de la medicina.37,38

En 1833 Antomarchi, médico que atendiera a Napoleón en su cautiverio en Santa Elena, viene a radicar a México y en 1836 realiza operaciones de catarata en Durango; se cateteriza el esófago estenosado, Adolfo Hegewisch, en Oaxaca, y Xavier Galezowski en México en 1839, llevan a cabo el tratamiento de aneurismas por ligadura de la carótida, operación repetida en dos ocasiones por Alfonso Cosso en San Luis Potosí en 1857 y 1863 teniendo éxito en esta última, Luis Muñoz uno de los fundadores de la escuela mexicana de cirugía, trata los varicoceles mediante ligadura subcutánea (1843); se comienza a tratar las hernias estranguladas aventurándose cada vez más y con mayor éxito a resecar el intestino necrosado, como lo reporta por primera vez aquí José María Terán en 1843, situación reforzada por otros médicos: José María Villagrán y Miguel Francisco Jiménez,  quienes insistían en ello y, cuando no hubiera lesión intestinal, dejar el epiplón ligado y por fuera de la herida a fin de que se terminara de necrosar y fuera eliminado espontáneamente,  Miguel Francisco Jiménez en 1850, realiza una cesárea completando la herida provocada por una cornada sufrida por una mujer en su octavo mes de gestación, Juan N. Navarro sutura con éxito una herida de la subclavia en 1851, para entonces ya se había introducido en México la anestesia, las más tempranas con éter, siendo sus primeras aplicaciones durante la invasión norteamericana de 1847, la primera en setiembre en Veracruz, por John Porter, cirujano militar estadounidense quien amputó la pierna izquierda al soldado William Williamson y atribuyéndose algunas de ellas a Miguel Francisco Jiménez atendiendo a soldados mexicanos heridos. El 20 de noviembre de 1847, Atanasio Rodríguez amputó en Aguascalientes el brazo izquierdo de una paciente, siendo Pablo Martínez del Río otro de los pioneros, empleado éter sulfúrico también en 1847 y cloroformo en una litotomía al año siguiente. Se puede catalogar a José María Bandera, profesor de fisiología en la Escuela Nacional de Medicina, como el primer anestesiólogo mexicano. Para 1880 se habían registrado dos mil casos de intervenciones quirúrgicas efectuadas bajo anestesia con cloroformo. Ya en el segundo tercio del siglo XX, Benjamín Bandera, Juan White Morquecho y Martín Maquívar, darían su forma y nivel definitivos a la especialidad, destacando este último al incorporar tempranamente técnicas anestésicas adecuadas para intervenciones de cirugía cardiotorácica. Hablando de anestesia adelantemos que la raquia fue introducida en México tempranamente por Teodosio Pérez Peniche en Yucatán en 1897, aunque se ha reconocido como tal, por su mayor difusión, la realizada por Ramón Pardo en Oaxaca en 1900. Muy pronto Julián Villarreal la utilizó para todo tipo de intervenciones ginecológicas, logrando emplearla en cualquier región del abdomen, y que en los años treinta, Darío Fernández, con el paciente semisentado ponía raquianestesias cervicales en sus tiroidectomías.

El otro avance que permitió el desarrollo de la cirugía que conocemos en la actualidad fue el descubrimiento de la antisepsia, por Lister en 1867, y posteriormente de la asepsia, derivada de los procedimientos de pasteurización. La antisepsia aparece por vez primera en México en la ciudad de San Luis Potosí, siendo empleada por Manuel Soriano y Juan Fénelon, quienes utilizaron lienzos empapados en ácido fénico y cuidaron que las heridas fueran curadas dos veces al día con la misma solución. Ya antes, sin conocer la existencia de gérmenes patógenos, los cirujanos mexicanos recomendaban lavar con “jabón de la Puebla” y utilizar licor de labarraque, con una acertadísima visión empírica del problema denominado “fiebres traumáticas”, que no eran otra cosa que sepsis postquirúrgicas.

La trasfusión sanguínea fue utilizada por primera vez en 1845 por Francisco Vértiz y Pablo Martínez del Río, siendo establecidos criterios para su utilización en los setentas por Ladislao de Bellina e ideado un aparato que evitaba la formación de coágulos, aunque en realidad su uso no fue popularizado hasta la década del 1930, ya contándose con el conocimiento de los grupos sanguíneos y de la incompatibilidad debida a ellos y al establecimiento del primer banco de sangre en el Hospital General de México por Rodolfo Ayala González.

Hitos en la cirugía mexicana han sido la operación abriendo un ano artificial en un niño, practicada en 1846 por Matías D. Béistegui. La práctica de la punción de los abscesos hepáticos por Miguel Francisco Jiménez, descrita desde 1842, fue una primicia mundial que dejó bien establecida una escuela que se prolongaría en el Hospital de San Andrés y luego en el Hospital General de México hasta pasada la mitad del siglo XX.

Rafael Lucio, más conocido por sus aportaciones sobre la lepra, reportó intervenciones quirúrgicas interesantes hechas por él, como es la ligadura de la arteria femoral en su parte media para tratar un aneurisma de la poplítea o la realización de punciones en el tratamiento de la ascitis, ambas publicadas en 1844. Sin embargo, las figuras más relevantes de la cirugía mexicana en la segunda mitad del siglo XIX fueron Luis Muñoz, Fernando Montes de Oca, Rafael Lavista, siendo notable la dimensión quirúrgica de Eduardo Liceaga, discípulo de Muñoz en estos menesteres, quien sería más tarde pieza capital en la creación del sistema sanitario y de atención de la salud en México durante el porfiriato. Luis Muñoz, heredero de su padre en el cuidado de la producción de vacuna antivariolosa, dejó su herencia a la cirugía mexicana con el invento y desarrollo de un método pionero para efectuar injertos dermoepidérmicos, el diseño de un enterótomo modificando y mejorando el de Chassaignac, una nueva técnica para tratar los abscesos profundos de los miembros, el corte en cuña para corregir deformidades consecutivas a la consolidación defectuosa de la tibia, la aplicación de un tubo elástico apretado proximal al sitio de corte en las amputaciones le permitió hacer cirugía bajo isquemia, como la lograda mediante el uso de la venda de Esmarch, presentada por éste en 1873, y, finalmente, el diseño de un aparato para reducción y fijación de las fracturas del cuello del fémur.

Rafael Lavista, discípulo de Muñoz, cuenta en su haber con las primeras esofagoplastas hechas en nuestro país, ovariotomías, resecciones intestinales y desarticulaciones de cadera, invento de un dilatador llevando en su interior una pinza para la extracción de cuerpos extraños en el esófago, pero es a él a quien se debe la primera histerectomía abdominal, un año después de que Nicolás San Juan la realizara por vía vaginal. Llevada a cabo en 1878, con un tiempo quirúrgico de seis horas y media, abrió el campo de la cirugía ginecológica de grandes vuelos. El intento no fue exitoso, muriendo la paciente un día después a consecuencia de la gran pérdida de sangre. Casi 20 años después, Julián Villarreal establecería los requisitos para lograr una correcta evolución: anestesia local con infiltración de cocaína, hemostasia mediante ligadura de pedículos y no por compresión ni torsión, peritonización del muñón y empleo de instrumental hervido. Lavista sería además pionero en la cirugía cerebral, habiendo realizado excisión de lesiones detectadas por crisis jacksonianas en 1890, y de un tumor posiblemente un glioma en 1891. De Eduardo Liceaga solamente señalamos que para optar por un puesto de ayudante en la cátedra de medicina operatoria presentó una tesina sobre la cirugía de los aneurismas y en el examen práctico realizó la resección del puño y una talla pre-rectal, ganando la plaza a Lavista, y que sus tesis de concurso posteriores versaron sobre la posibilidad y ventajas de las resecciones subperiósticas (1869) y las luxaciones hacia arriba de la extremidad externa de la clavícula (1881). En su viaje a Nueva York en 1883 relata haber asistido a las operaciones de varios eminentes cirujanos, de donde aprendió mucho sobre cirugía ginecológica.39

Montes de Oca por su parte, llena todo un capítulo en la historia de la cirugía. Integrado a la medicina militar desde sus tiempos de practicante, Montes de Oca fue director del Hospital de Instrucción y puntal en la creación de la Escuela Práctica Médico Militar. Se han documentado un buen número de sus aportaciones entre las que se cuentan la modificación de la técnica de Larrey para la desarticulación del hombro (1863), desarrollo de una técnica propia para la desarticulación de los últimos cuatro metatarsianos modificando la descrita por Lisfranc y permitiendo una mayor funcionalidad (1864), la modificación de la técnica de amputación a diferentes niveles de la pierna con colgajos anterior y posterior en huso para evitar dolor en el muñón como secuela de las amputaciones y posibilitar el éxito de la colocación de prótesis (1881), siendo el primero en México y América Latina en realizar una tiroidectomía total (1883), con técnica propia, además de ser el introductor en nuestro medio de los mercuriales como diuréticos40 (Gutiérrez Sedano, II:188-197).

Antes de 1900 José María Quijano, en San Luis Potosí, sostenía y ponía en práctica el criterio de que toda apendicitis aguda debería ser operada de inmediato.41

Son estos últimos los cirujanos que abogan e introducen en nuestro medio la cirugía de resección de órganos internos, hecha posible solamente a partir de disponer de anestesia y de poder controlar la infección postoperatoria. En el escenario mundial es a Rehn, Langenbach, Billroth, Péan, Kocher y Sauerbruch a quienes debe la realización de procedimientos de extirpación de órganos lesionados: riñón, vesícula biliar, estómago, esófago, tiroides, pulmón…Y este es el modelo que siguió la cirugía mexicana a inicios del siglo XX. Ya se han mencionado las primeras histerectomías. Después de la de Montes de Oca, Alfonso Ortíz reporta una tiroidectomía total en dos tiempos a causa de un bocio “quístico canceroso ulcerado” señalando que el paciente sanó,42 y quince años después Manuel Godoy podía ya hablar de cirugía del tiroides como algo si no cotidiano al menos frecuente.43  A Manuel Toussaint, introductor a México de la patología celular y la moderna anatomía patológica, se debe la primera colecistectomía en 1902, pero la gran figura quirúrgica de esos momentos fue Aureliano Urrutia, quien realizó cirugía de vesícula y de vías biliares, gastrectomías y por 1909 con la colaboración de Guillermo Kahlo filma las dos primeras películas de intervenciones quirúrgicas, ambas realizadas por él, una histerectomía con ooforectomía bilateral y la resección en bloque de un cáncer del maxila superior, para lo que, previa traqueostomía, resecó en bloque desde la faringe a una buena parte de la cara. Años después, en 1917, sería él quien haría por primera vez en el mundo la separación de dos gemelas siamesas pegadas por el abdomen y que compartían el hígado.

En estos primeros años del siglo XX la cirugía ginecológica se consolidó y tuvo avances importantes en sus resultados. Julián Villarreal plantea la conveniencia de hacer histerectomías subtotales, dadas las ventajas de mantener el cuello uterino como punto de anclaje y sostén de la cúpula vaginal. Juan Duque de Estrada hace aportaciones de todo tipo para una mejor atención obstétrica que van del uso de fórceps modificados por él a maniobras de restitución del cordón umbilical prolapsado, al diseño de una sonda para embriotomía y de las barras que llevan su nombre para la medición del diámetro biisquiático. Fernando Zárraga y Rosendo Amor son dos figuras esenciales para el desarrollo de la Ginecología y la obstetricia quirúrgicas, como lo será en las siguientes décadas Isidro Espinosa de los Reyes.

A partir de los años veinte se fueron sumando una serie de inventos, descubrimientos y desarrollos tecnológicos que dieron lugar a posibilidades antes no pensadas en cirugía. La intubación endotraqueal para el manejo anestésico transoperatorio fue el primero, así como la canalización de venas para perfundir líquidos y mantener el equilibrio hidroelectrolítico antes desconocido. La sonda nasogástrica para aspiración continua llegó en la década de los treinta y ha sido clave para la evolución de la cirugía abdominal, no solo gastrointestinal. Luego vendrían los controles electrocardiográficos; de presión venosa central y en los años cincuenta la circulación extracorpórea, la cirugía bajo hipotermia y la cardioplegia.

En las décadas de los años veinte y treinta llegan a su madurez cirujanos como Ulises Valdés, Gonzalo Castañeda y Darío Fernández Fierro y comienzan su carrera ascendente Abraham Ayala González, Aquilino Villanueva, Gustavo Baz Prada, José Castro Villagrana, José Aguilar Álvarez, Clemente Robles, Conrado Zuckerman, Miguel Lavalle, entre otros muchos.

Para estos momentos estaban perfectamente establecidas dos grandes escuelas: la del Hospital General de México y la del Hospital Juárez. En el primero de ellos, a excepción de los servicios de cirugía general, comenzaron a establecerse pabellones de especialidades en las que la cirugía fue jugando un papel predominante, como fue el caso de la gastroenterología con Abraham Ayala González, con quien colaborarían y mantendrían en activo una excelente escuela quirúrgica María Elena Anzúrez y Everardo Ortíz de Montellano, la urología con Aquilino Villanueva, cuya labor continuarían Javier Longoria y Jaime Woolrich; más tarde, en 1937, el de neurología y neurocirugía con Clemente Robles, quien se recibiera en 1929 y había sido previamente cirujano en el Hospital Juárez y jefe de un servicio de cirugía general en el propio Hospital General. Los pabellones de cirugía a los que se ha hecho referencia fueron testigos de cómo se configuró la cirugía mexicana durante esos años que fueron clave para que esta tomara una personalidad propia y más allá de las indiscutibles influencias de las grandes escuelas quirúrgicas extranjeras, en especial francesa y norteamericana, se estableciera como mexicana y se manifestara en una escuela perfectamente identificable en la que se podrían distinguir sin menoscabo alguno subescuelas individualizables en las diferentes instituciones y aún en los pabellones de un mismo nosocomio. Los grupos quirúrgicos surgidos en los pabellones que encabezaran en el Hospital General cirujanos como son Darío Fernández, Mario Vergara Soto, Francisco Fonseca, Enrique Flores Espinosa, Fernando Valdés Villarreal, Armando Ordoñez y Roberto Haddad, entre otros más, rindieron frutos y tienen hasta la actualidad representantes con prestigio bien establecido. En el Juárez, hospital esencialmente quirúrgico, se había conjuntado bajo la guía de José Torres Torija y José Castro Villagrana un selecto grupo de médicos que desarrollaron campos variados. Juan White Morquecho encabezó el grupo de anestesiólogos que se ocuparon prioritariamente de las anestesias locales y regionales llegándose a realizar drenajes de abscesos hepáticos por vía transpleural. Salvador Uribe y Rivera inició el manejo quirúrgico de fracturas de piso posterior de la base de cráneo para 1931 y Miguel Lavalle de los meningoceles en 1934, Clemente Robles exploraba la esplenectomía retrógrada y Miguel Otero y Gama reparaba heridas del corazón por arma punzocortante. Abundaron las propuestas innovadoras en lesiones osteoarticulares con Castro Villagrana y Raúl Peña Treviño, en tanto que Gustavo Baz y José Aguilar Álvarez lo hicieron en la cirugía gastrointestinal, Gustavo Gómez Azcárate y Manuel Mateos Fournier en ginecoobstétrica, y Eduardo Castro y Carlos Aguirre en la del aparato génitourinario.

Ya en los cuarentas se verá el nacimiento de la cirugía pediátrica ya entendida como especialidad, teniendo como marco el Hospital Infantil de México que ahora lleva el nombre de su fundador, Federico Gómez, en donde Jesús Lozoya y Carlos Sariñana dejaron un servicio y una escuela bien establecidos y continuados por Juan Luis González Cerna y Francisco Beltrán Brown.44

Los nuevos institutos nacionales desarrollaron servicios quirúrgicos de alta calidad como lo son el del Instituto Nacional de la Nutrición, en donde por cinco años el servicio de cirugía fue encabezado por Clemente Robles, siendo sucedido por Rafael Muñoz Kapellmann, Manuel Quijano Narezo, José María Zubirán y Manuel Campuzano; el de Cardiología, también inaugurado por Clemente Robles y en el cual estuvieron presentes desde tiempos tempranos Fernando Quijano Pitman, Jenaro Pliego, Raúl Baz y Rodolfo Barragán y en donde Martín Maquívar fue pionero en anestesia en la cirugía cardíaca. Cabe señalar que allí Robles en 1958 hizo la primera intervención con cardioplegia y que en 1956 Raúl Baz llevó a cabo la primera intervención a corazón abierto, pero debe señalarse que esto sucedió en el Hospital de Jesús. En el Instituto de Neurología y Neurocirugía la cirugía de dicha especialidad fue cultivada y promovida por su fundador, Manuel Velasco Suárez, secundado por Francisco Escobedo y Gregorio González Mariscal. En el Hospital de Huipulco para enfermedades pulmonares, antecedente del actual INER (Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias), surgieron cirujanos de tórax de primera línea desde los cuarentas, por ejemplo: Donato G. Alarcón y después Fernando Rébora, en tanto que Alejandro Celis desarrollaba la especialidad en el Hospital General, en donde serían formados Carlos Pacheco, quien la llevaría al IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), y Octavio Rivero Serrano.

No puede dejarse de mencionar el Instituto Mexicano del Seguro Social, con su primer hospital: La Raza, desde la década de los cuarentas, del que citaremos solamente a Francisco Puente Pereda, quien en 1946 publicara un libro sobre Técnica Quirúrgica, que sería texto para la formación de numerosos especialistas, continuado ya en los sesentas por el Centro Médico Nacional, y después por Centros Médicos y hospitales de especialidad distribuidos en toda la República. Algo semejante ha sucedido en el ISSSTE (Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado), fundado a inicios de los sesentas e iniciando sus actividades en el Hospital 20 de Noviembre, hoy Centro Médico, en donde se desempeñaron Eduardo Echeverría y Carlos Albarrán.

La cirugía y los cirujanos de todas y cada una de estas instituciones ameritan ser historiados in extenso, ya existiendo afortunadamente, obras que se ocupan de ello en el marco de la historia de las instituciones correspondientes.

La Cirugía y las Academias Nacional de Medicina y Mexicana de Cirugía

La Academia Nacional de Medicina había tenido desde sus inicios sillones destinados a representantes de las áreas quirúrgicas y al correr del tiempo se establecieron nuevos sitiales para incorporar a las nuevas especialidades que se iban generando como respuesta al aumento de los conocimientos y de las posibilidades de actuar. Es así como se fueron estableciendo espacios de oftalmología, otorrinolaringología, anestesiología sumándose a los de cirugía propiamente dicha, hoy cirugía general. De hecho, muchos de los médicos que llevaron a cabo una notoria práctica quirúrgica, aunque no fueron exclusivamente cirujanos y dejaron aportaciones importantes que han sido mencionadas en párrafos anteriores, fueron miembros de la Academia Nacional de Medicina y no pocos ocuparon cargos directivos, como fue el caso de Miguel Jiménez, Rafael Lavista, Eduardo Liceaga, Manuel Toussaint, Julián Villarreal y Ulises Valdés, entre otros.

La creación de la Academia Mexicana de Cirugía en 1933 respondió a un crecimiento sustancial de la cirugía y a una nueva distinción entre especialidades médicas y quirúrgicas, quedando la ginecología y obstetricia entre estas últimas y abriéndose apenas la cirugía pediátrica como un terreno novedoso y atractivo, no solo limitado ya a las afecciones relativamente comunes de los niños que requieren de un tratamiento quirúrgico, como pudieran ser una apendicitis aguda o una hernia umbilical o inguinal indirecta, sino dirigidas ya entonces a la corrección de anomalías congénitas. En su momento se consideró importante llenar el vacío existente en el ámbito académico al no existir una agrupación profesional de alto nivel que estudiara esos diversos y complejos aspectos que reforzaban y definían entonces al arte quirúrgico. Es en enero de ese año que se formaliza legalmente la nueva Academia a instancias de Manuel Manzanilla B., Julián González Méndez y Felipe Aceves Zubieta. Varios de sus fundadores no solo eran cirujanos de reconocido prestigio, sino a la vez miembros de la Academia Nacional de Medicina. En su discurso inaugural, como primer presidente de la nueva Academia, Gonzalo Castañeda, quien por cierto había sido presidente de la Academia Nacional de Medicina en 1922, destacaba las dimensiones de la cirugía moderna, insistiendo en que ya no era “el arte manual con criterio anatómico puro”, la conciencia de que se ocupa de seres vivientes obliga a un criterio funcional con el “ideal de conservar todo, convergiendo en la idea suprema de curar.45

Gustavo Baz Prada y José Castro Villagrana tuvieron una influencia definitiva haciendo escuela y ejerciendo un fuerte influjo en la consolidación del ejercicio de una cirugía innovadora y de alta calidad. Ambos fueron autores de libros utilizados ampliamente como texto, Terapéutica quirúrgica de Castro Villagrana y Clínica propedéutica quirúrgica de Baz y Manuel Urrutia, así como Cirugía de Baz, publicado ya en los sesentas en forma de atlas en el cual se ofrece un recuento bellamente ilustrado de treinta años de experiencia. Darío Fernández, en el Hospital General, estudia a fondo la patología tiroidea y establece las técnicas adecuadas para la tiroidectomía imponiendo la resección intracapsular. Julián González Méndez y Donato G. Alarcón son pioneros en la cirugía pulmonar, habiendo el primero de ellos establecido en la Escuela Nacional de Medicina los cursos de técnica operatoria en perros, lo cual fue acompañado por la edición de su libro Técnica y educación quirúrgica cuya primera edición data de 1933, con lo que se dio un paso de gran importancia en la formación de los futuros médicos cirujanos.

De esa misma época proviene la Asamblea Nacional de Cirujanos ha sido un evento relevante al proveer a la cirugía mexicana de un foro a desarrollarse cada dos años. La primera de ellas tuvo lugar en 1934 y fue llevada a cabo a instancias de José Castro Villagrana secundado por José Negrete Herrera, Felipe Aceves Zubieta y Gustavo Gómez Azcárate. Su sede desde entonces es el Hospital Juárez y en ella se han presentado y discutido los temas más importantes no solo de la cirugía sino también los referentes a la atención de la salud y las políticas y desarrollo institucionales.46

Dejando abierto el terreno para que se investigue y se escriban numerosos trabajos acerca de la cirugía mexicana a partir de la segunda mitad del siglo XX señalaremos solamente que la cirugía mexicana a cubierto todos los campos quirúrgicos con calidad y ofreciendo aportaciones importantes que rebasan las fronteras de nuestro país. Recordemos que desde los años veinte del siglo pasado nuestros cirujanos, con Gustavo Baz a la cabeza, incorporaron en sus quehaceres la cirugía ya o de extirpación, sino funcional, introduciendo las vagotomías preconizadas por Leriche y Latarjet, que tanto ha sido empleada en cirugía vascular y en cirugía gastroenterológica, y que en el mismo tenor pueden evocarse los intentos de Ignacio Madrazo, en 1987, para llevar a cabo los implantes de suprarrenales fetales en el tratamiento de la enfermedad de Parkinson.

La Cirugía del cáncer merece un capítulo aparte, así como la Cirugía reconstructiva, en donde Fernando Ortiz Monasterio fue pionero en el tratamiento de las malformaciones craneofaciales, estableciendo desde 1971 una clínica al respecto en el Hospital General y más tarde en el Hospital Manuel Gea González y que para 1985 iniciaba cirugía in utero, reparando algunos casos de labio leporino.

Los trasplantes son tema de actualidad  y recordemos solamente que en 1963, Manuel Quijano y Federico Ortiz Quesada realizaron el primer trasplante renal, que el primer trasplante cardíaco se pospuso de fines de los sesentas a 1988 por razones que nada tuvieron que ver con la medicina ni con la posibilidad  quirúrgica, que si la había, habiendo sido los primeros en llevarlo a cabo Rubén Argüero, Abel Archundia y Xavier Palacios Macedo, que en 1985 fue trasplantado un primer hígado por Héctor Orozco y  Héctor Diliz y se realizó un trasplante de páncreas en1988, al igual que el primero de médula ósea en el Hospital Infantil llevado a cabo por Eugenio Vázquez Meraz, en tanto que el de pulmón lo sería en 1989 por Jaime Villalba Caloca y Patricio Santillán. No se debe olvidar que la cirugía laparoscópica fue iniciada en 1961 en el terreno de la ginecología por Carlos Walther en el ABC, aunque su gran desarrollo vino ya en los ochentas con las aportaciones de Jorge Cueto, Alejandro Weber, de Jorge Cervantes y en la década de los noventa con la fundación de la asociación correspondiente y la realización de la primera colecistectomía por vía laparoscópica por Leopoldo Gutiérrez y con el impulso promovido por Jesús Kumate, como Secretario de Salud, enviando a Mucio Moreno a prepararse en el extranjero.

Un hecho interesante es el interés temprano por la cirugía robótica, iniciado por José Luis Mosso, al realizar sus primeros trabajos como interno de pregrado y luego, en 1996, su tesis de especialidad con dos colecistectomías practicadas en cerdos el 12 de junio. El robot empleado, elaborado por él y su grupo, fue llamado PUMA. Es de señalase que los primeros reportes europeos datan del mismo año con el robot bautizado como Esopo 2000.  Lamentablemente ha habido escasos apoyos para el fin de desarrollar tecnología robótica mexicana, pero afortunadamente se cuenta con robots de primera calidad, como son los Da Vinci, de los que recientemente ha sido instalado uno en el Hospital Gea González.

La Cirugía mexicana tiene, es un hecho indiscutible, una presencia en el marco de la medicina mundial.

Referencias

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